En las obras de Fe en Arte realizadas con lápices de colores sobre papel amate, el soporte tiene un papel esencial. El amate, con su origen ancestral mexicano, sus fibras visibles, sus irregularidades y su textura orgánica, no es solamente el fondo de la obra: es parte de su alma. Sobre esa superficie viva voy construyendo cada imagen con capas de color, luces y sombras, buscando que el rostro o la figura sagrada aparezcan con delicadeza, profundidad y cercanía. Trabajo con lápices de colores porque me permiten una relación lenta y casi meditativa con la imagen. Cada trazo exige paciencia; cada capa va revelando poco a poco la expresión, la mirada y la emoción de la figura. La textura del amate dialoga con el lápiz, lo interrumpe, lo suaviza y le da una calidez que vuelve la imagen más humana, más terrenal y, al mismo tiempo, más espiritual. Para mí, estas piezas son un encuentro entre la tradición mexicana, la devoción y el dibujo. En ellas, lo sagrado no aparece como algo lejano o inaccesible, sino como una presencia cercana, silenciosa y profundamente amorosa. Cada cuadro guarda una oración íntima, una emoción contenida y una manera personal de mirar la fe a través del arte.
En las obras de Fe en Arte realizadas con lápices de colores sobre papel amate, el soporte tiene un papel esencial. El amate, con su origen ancestral mexicano, sus fibras visibles, sus irregularidades y su textura orgánica, no es solamente el fondo de la obra: es parte de su alma. Sobre esa superficie viva voy construyendo cada imagen con capas de color, luces y sombras, buscando que el rostro o la figura sagrada aparezcan con delicadeza, profundidad y cercanía.
Trabajo con lápices de colores porque me permiten una relación lenta y casi meditativa con la imagen. Cada trazo exige paciencia; cada capa va revelando poco a poco la expresión, la mirada y la emoción de la figura. La textura del amate dialoga con el lápiz, lo interrumpe, lo suaviza y le da una calidez que vuelve la imagen más humana, más terrenal y, al mismo tiempo, más espiritual.
Para mí, estas piezas son un encuentro entre la tradición mexicana, la devoción y el dibujo. En ellas, lo sagrado no aparece como algo lejano o inaccesible, sino como una presencia cercana, silenciosa y profundamente amorosa. Cada cuadro guarda una oración íntima, una emoción contenida y una manera personal de mirar la fe a través del arte.